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Educación Emocional: La frustración
La paciencia es una virtud difícil tanto para los niños como para los adultos.
Como padres siempre tratamos que nuestros hijos disfruten al máximo las cosas que les damos, desde lo más sencillo y básico como su alimentación, vestido, casa, hasta lo que sería más complejo como el juego o juguete de la temporada, la salida con los amigos y muchas cosas que ellos se antojan.  Sin embargo, cuando los pequeños hacen pataleta por algo que quieren “ahora”, en el sentido imperativo del aquí y ahora, nos vemos en dificultades porque a veces no sabemos cómo actuar frente a esta situación y simplemente cedemos para que no se “arme” una discusión mayor o porque en el momento estamos ocupados en otra labor.  Por ejemplo, pensamos: “¿Cuándo entenderá  Marianita que no puede salirse siempre con la suya?” cuando la niña de tres años   esta gritando y patalea porque “lo quiero ahora”, entonces tenemos poca paciencia con Marianita y Marianita tiene poca paciencia con nosotros.
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Según los especialistas, tener paciencia significa comprender que hay que esperar hasta conseguir lo que se quiere: “tolerar la satisfacción diferida de las necesidades” (Baum, 2003), es decir, es difícil y mas para niños en edad preescolar.   La capacidad de aplazar las necesidades propias es uno de los criterios de escolarización ya que entre los cinco y seis años  se empieza a desarrollar la tolerancia a la frustración que se necesita para entender que no vamos a obtener inmediatamente lo que deseamos.  Cuando llamamos a nuestro hijo “terco”, sobre todo cuando está entre la edad de tres a cuatro años, significa que el niño se siente desesperado porque ve que él solo es incapaz de satisfacer sus deseos y necesita la ayuda de los demás: padres, hermanos, cuidadores, maestros.
 
Si las esperas originan frustración, con mayor razón cuando sucede de forma reiterada la experiencia de que algunas cosas no se consiguen nunca, o todavía no, o no en la forma que “tu lo dices”.  Estos fracasos nos contrarían y más aun a los pequeños ya que muestra nuestras limitaciones dándonos sensación de desvalimiento, estos sentimientos son frecuentes en los niños, pero al fin y al cabo, ellos están en proceso de adquirir las destrezas básicas, como hablar, caminar y atender solos las necesidades fundamentales.  Es inevitable que esto ocurra, cuanto más el niño quiere aprender, más ha de suceder que no acierte a la primera vez.
 
Las frustraciones seguirán apareciendo durante toda la vida, pero nuestro hijo aprenderá que es posible convivir sin ellas, si se ha desarrollado una fuerte conciencia del propio valer (autonomía) y se siente amado y querido (autoestima). El niño y niña que tiene una alta autoestima suele afrontar mejor la derrota ocasional, quien se siente fundamentalmente capaz de lograr lo propuesto, no se desanima al primer tropiezo.  Estas son herramientas básicas que nuestros hijos necesitan para desarrollar un equilibrio emocional y los hará poder enfrentarse a la vida futura: colegio, universidad, espacio laboral y social con mayor asertividad, responsabilidad, independencia y autonomía.
 
Podemos decir que estamos educando a nuestros hijos para ser hombres y mujeres felices y exitosos.

Por: Maritza Helena Parra

Psicóloga

Nos interesa el bienestar de tus hijos.

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